Un niño que expresa su interés por visitar a sus padres en el hospital debe ser tomado en serio. A menos que existan obstáculos logísticos extremos o motivos de salud que obliguen a posponer una visita, las familias deben apoyar a los niños de todas las edades que deseen acercarse al hospital.
Si tiene reservas sobre la visita de un niño, intente resolverlas con otros adultos antes de hablarlas con su hijo. ¿Le preocupa que algo le angustie a su hijo? Si usted es el padre enfermo, ¿es reacio a que sus hijos le vean en un estado comprometido? Aunque hay que proteger a los niños de algunos temas -más adelante se detallan-, la mayoría de los niños pueden recibir apoyo durante las visitas al hospital para hacer que sean más útiles que perjudiciales.
En todo caso salvo las visitas más rutinarias, suele ser útil llevar a un adulto como apoyo adicional. Los niños pequeños pueden necesitar ser supervisados de cerca, que alguien los distraiga o acompañe a la tienda de regalos o a la sala de espera. Incluso a los niños mayores les puede venir bien un adulto adicional que les haga compañía en otro lugar del hospital o que los lleve a su casa al finalizar la visita, en caso de que el otro progenitor desee quedarse más tiempo.
Muchas de las preocupaciones que tienen los padres y los niños sobre las visitas pueden aliviarse con una preparación previa. Usted o alguien que lo haya visto recientemente puede explicarle al niño cómo será el hospital: el edificio, el pasillo, la habitación. ¿Hay un compañero de habitación? ¿Está en la unidad de cuidados intensivos? ¿Cómo se verán mamá o papá? ¿A qué máquinas estará conectado? ¿Qué aspecto tiene el padre o la madre con respecto a la última vez que el niño lo vio? ¿Cuánto tiempo permanecerá el niño? ¿Cuáles son las alternativas si el niño quiere salir de la habitación?
Si el estado de salud del progenitor es grave, el adulto responsable debe llamar previamente al personal de enfermería para acordar lo que el niño verá al entrar en la habitación. Si es posible, este adulto debe trabajar con el personal de enfermería para conocer el horario del paciente y planificar la visita en torno a los procedimientos programados, el aseo personal y la administración de medicamentos, de modo que el padre esté en su mejor momento para la visita.
El estado de salud de los padres determinará el tipo de visita que pueda realizar el niño. El adulto responsable debe explicarle al niño todo lo que pueda llegar a ser diferente de lo previsto. Por ejemplo, si el progenitor está soñoliento, el adulto responsable debe asegurarse de que los niños entienden por qué—medicación para el dolor, un procedimiento reciente—y no se debe a que el progenitor no esté contento de ver al niño.
Es posible que los niños necesiten unos momentos para sentirse cómodos con el entorno y la apariencia de sus padres. Es útil tranquilizarlos sobre lo que pueden hacer y lo que no. "Está bien coger la mano de mamá, o darle un beso, pero no está bien rebotar en la cama, abrazarle el tórax dolorido o gritar". Nunca se debe obligar a un niño a tocar a sus padres si no lo desea, pero se les puede tranquilizar diciéndoles que pueden hacerlo, aunque al principio duden.
En el caso de las hospitalizaciones prolongadas, algunos niños se sienten muy cómodos en el hospital y desarrollan rutinas para hacer los deberes o jugar tranquilamente en la habitación o la sala de estar. Algunos hospitales más grandes, como el Massachusetts General Hospital cuentan con personal profesional denominado Especialistas en Vida Infantil, de la sección de pediatría, que pueden trabajar con los niños durante las visitas, facilitando actividades y desarrollando la expresión de sentimientos.
Para ayudar a los niños a sentirse lo más cómodos posible durante una visita y facilitar la siguiente, deles su apoyo para que sientan que lo que pudieron hacer está bien. Si sólo pudieron permanecer unos minutos en la habitación, un adulto debe manifestar que, aunque haya sido breve, esa visita significó algo para el paciente. Si los niños se mostraron inquietos y perturbadores, el adulto responsable puede comentarlo y preguntar si podría hacer algo la próxima vez para facilitar la situación. Por supuesto, los niños deben recibir muchos comentarios positivos por todo lo que hayan hecho bien: hablar con el padre enfermo, hacer un dibujo, sentarse en silencio cuando hizo falta, hacerle alguna pregunta a la enfermera sobre la vía intravenosa, etc.
Después de la visita, el adulto responsable debe consultarle al niño cómo se ha sentido. ¿Qué fue lo que más le sorprendió? ¿Qué es lo que menos le ha gustado? ¿O lo mejor? ¿Fue como esperaba? A veces, las cosas en las que se fijan los niños son las que menos notan los adultos, y sus comentarios pueden darnos una idea de cómo están asimilando las cosas. Esta conversación también ayuda a planificar la próxima visita y brinda información sobre lo que hay que tener en cuenta cuando los padres vuelven a casa.
En ocasiones, las visitas deben posponerse o evitarse. El niño puede asustarse si un progenitor está agitado o en alerta, pero no puede reconocerlo. Si se trata de un estado temporal, es mejor esperar a que el progenitor se calme o incluso esté sedado para realizar una visita que no implique mucha interacción, pero que al menos no lo asustará. A veces, los niños pueden sentarse con un progenitor sedado o comatoso, cogerle de la mano o decirle unas palabras, y sentir que su progenitor sabe que está ahí. Como se ha descrito anteriormente, los niños pueden manejar muchas situaciones si están bien preparados.
Algunos niños dicen que no quieren visitar a sus padres en el hospital. Hay que preguntarles por qué. Los niños más pequeños podrían tener miedo de lo que pueda ocurrir allí: la madre podría recibir una inyección o podrían ver sangre. Los temores específicos pueden abordarse directamente: "Mamá no recibirá una inyección ni le harán un procedimiento durante tu visita. Siempre podemos salir de la habitación si sucede algo que no quieres ver". "Siempre hay enfermeras y médicos para ayudar si ocurre algo".
Es posible que los niños mayores no quieran ver a su padre o madre muy enfermos, o que simplemente se sientan incómodos en un entorno hospitalario. Hablar de algunas de estas preocupaciones generales puede ayudar. Sin embargo, no se puede obligar a un niño a visitarlo. Un adulto responsable podría preguntarle a su hijo, sin juzgarlo, cómo se sentiría si no lo visitara, y ofrecerle alternativas a las visitas presenciales, como se describe a continuación.
A veces, simplemente no es posible realizar visitas. Las llamadas telefónicas son buenas alternativas, y la tecnología moderna permite incluso la comunicación por vídeo, correo electrónico y fotos. Poder enviar un dibujo o una nota y recibir una respuesta del padre hospitalizado diciendo lo mucho que significa para él, suele resultar gratificante para los niños más pequeños.
Muchos niños que no pueden ir de visita les pueden preguntar a los adultos que los visitan cómo está su padre o madre, y agradecerán cualquier tipo de detalle sobre el día o lo que haya hecho su padre o madre en el hospital. Por ejemplo, "la respiración de mamá ha mejorado hoy, y ha podido levantarse y salir al pasillo", o "a papá le han quitado hoy el tubo de la nariz y debería poder intentar comer mañana". Incluso también pueden darse las noticias no tan felices para que los niños se sientan incluidos: "Ese medicamento no está funcionando bien para la infección de papá, pero los médicos están probando otro que creen que funcionará mejor".
Si el padre está muy enfermo y es probable que no sobreviva, el otro progenitor u otro adulto responsable debe hacer posible que el niño vaya a una última visita. Al igual que los adultos, los niños, y especialmente los adolescentes, pueden querer decir o escuchar algo antes de que alguien muera, incluso si el progenitor está inconsciente.
A veces los niños se niegan a ir a las visitas cuando están preocupados por la inminente muerte del progenitor. El adulto responsable puede indagar, como se ha descrito anteriormente, sobre lo que le asusta al niño y, en lo posible, aliviar cualquier temor específico. A veces, a los niños les preocupa que el progenitor muera mientras ellos están allí y no quieren verlo. Es útil hablar sobre la probabilidad de que eso ocurra y crear un plan para ayudarles a superar esa situación si es necesario.
Si está claro que el niño o el adolescente ha reflexionado sobre su decisión y puede explicar por qué no quiere visitar a su padre o madre, y por qué se sentirá mejor si no fuera, hay que apoyar su decisión aunque el adulto responsable no esté de acuerdo. Algunos adolescentes tienen muy claro que no quieren realizar una visita al final de la vida, prefiriendo recordar a su padre o madre tal y como era, y necesitan sentirse bien con su decisión. Consulte otras secciones para obtener más información sobre las visitas al final de la vida.